Primera Persona · 26/04/2018
LA COMUNIDAD QUE PUSO EN JAQUE LA CONSTRUCCIÓN DEL AEROPUERTO DE LA ARAUCANÍA
Especial Orgullo Ancestral
Aunque no hay cifras oficiales, alrededor de 10 años se demora una comunidad mapuche en poder adquirir el título legal de las tierras que los vieron nacer. El único comprobante que poseen son los títulos de merced que fueron entregados por el Gobierno luego de la “Ocupación de la Araucanía” en la década del 1800. Esta es la historia de María Luz Huincaleo y su comunidad Fermín Manquilef que, luego de enterarse a principios del 2000 que construirían un aeropuerto al lado de sus tierras, empezaron un movimiento para recuperar las 1600 hectáreas de sus antepasados en la comuna de Freire, las cuales fueron entregadas 15 años después.
Por Yanara Barra

Colaboran:

 

Soy María Luz Huincaleo, mapuche de sangre y convicción. Desde que cumplí la mayoría de edad es que llevo luchando por una sola razón: recuperar las tierras que perdieron mis antepasados.

Todo comenzó hace 18 años, cuando nuestra comunidad Fermín Manquilef compuesta por aproximadamente 100 familias, nos enteramos que al lado de nuestro territorio se construiría el Aeropuerto de Freire.

Nosotros pensamos que no se haría en esta comuna, ya que acá están los predios lecheros más importantes del país y los colonos nunca manifestaron su voluntad de vender la tierra. Pero lo que no sabíamos era que a través de un instrumento de expropiación, el Estado podía hacer uso de este reglamento para construir el que sería el aeropuerto más importante de La Araucanía.

Desde ese momento nos comenzamos a articular para recuperar nuestras tierras que fueron quitadas por el Estado durante la ocupación de La Araucanía y entregadas a los colonos. Fue en a principios del 2000. Yo venía saliendo de enseñanza media y acompañé a mis padres a una reunión de la comunidad. Ahí me di cuenta que nuestros lamienes (hermanos) estaban muy poco informados de las construcciones del aeropuerto. Incluso lo veían como beneficioso o les causaba risa. Ahí yo levanté la palabra y dije: ¿Acaso será beneficioso que el ruido de un avión nos despierte cada mañana?

Desde ese momento yo me convertí en la líder de la comunidad y mostramos nuestro rechazo a esta construcción. Empezaron a llegar funcionarios públicos que nos prometían que el aeropuerto cambiaría nuestras vidas, que podríamos vender nuestros productos en el lugar y que le darían trabajo a la gente.

Pero el tema era qué productos íbamos a vender, si vivíamos en la pobreza, no había caminos asfaltados ni locomoción. Vivíamos todos hacinados en 36 hectáreas, menos íbamos a poder cosechar productos o criar animales. El Estado, para apaciguar nuestro malestar, prometió que construirían cercas y bodegas si aceptábamos el aeropuerto. Muchas comunidades cercanas obtuvieron estos regalos y empezó la división de nuestra gente. Incluso algunos integrantes de nuestra organización crearon comités que negociaban con el Gobierno por separado.

Fue difícil convencer a los más viejos de “revelarse contra el patrón”. Durante la dictadura de 1973 la gente quedó muy atemorizada por los toques de queda y la violencia ejercida hacia nuestro pueblo. Por eso nuestros hermanos temían reivindicar sus derechos a la tierra. Desde pequeña mi padre siempre me enseñó a nunca rendirle pleitesía a nadie, ya que nosotros con nuestro trabajo ayudábamos al patrón a obtener sus riquezas. Eso le empecé a decir e inculcarle a cada uno de nuestros lamienes. Las vueltas de la vida: hace un par de años nuestro ex patrón me pidió ayuda para comprar unas tierras por acá cerca, ya que, según él, yo soy la que más conoce cómo funciona la venta de propiedades en la región.

Pasaron 10 años donde hicimos de todo para que no se construyera el aeropuerto, incluso nos tomamos los caminos, pero al final ellos ganaron y empezaron las construcciones. Lo que más me da rabia es que esas tierras eran nuestras y se nos estaba pasando a llevar. Cuando ya perdíamos la esperanza, nos dimos cuenta que teníamos un título de merced que acreditaba la propiedad del territorio.

Postulamos en Conadi para el reconocimiento de casi 5 mil hectáreas que indicaba el documento, pero esta institución nos decía que el territorio que nos pertenecía era mucha menos tierra. Desde ese momento empezamos un diálogo que fue largo, de muchas reuniones y cambios de promesas dependiendo del Gobierno de turno. Esto comenzó en el año 2000 y terminó en el 2015.

A mitad del proceso, tanta fue nuestra desesperación que nos tomamos los fundos Santa Teresa, Santa Carolina y San Juan, que estaban en nuestro territorio y equivalían a 1600 hectáreas. A pesar de las amenazas y violencia que sufrimos para ser desalojados, tuvimos suerte que uno de estos fundos estaba a nombre del empresario Carlos Heller, lo que nos sirvió para hacer ruido y que la prensa local nos tomara en cuenta.

A finales del 2015, al fin pudimos recuperar nuestra tierra. Estos tres fundos ahora corresponden a nuestra comunidad.

Cada una de las 133 familias que conforman nuestra comunidad se quedó con 12 hectáreas. Dentro de estos terrenos hay bosques y animales nativos, como pumas o huemules, que tratamos de no molestar para que sigan en su hábitat natural.

Hace un año fundamos la cooperativa Küme Mapu que significa “tierra buena”, para poder organizarnos y desarrollar la agricultura y turismo de nuestra comunidad. Elegimos el nombre “Küme Mapu” por la lucha que dimos por 18 años para recuperar nuestras vidas y volver a enaltecer a nuestros antepasados siguiendo sus costumbres en el mismo territorio en el que ellos nacieron.