Entrevista · 06/09/2017
“NUESTRAS CÁRCELES ESTÁN HECHAS PARA CASTIGAR”
Luis Escobar, capellán de la cárcel de Rancagua. Región de O’Higgins.
Luis Escobar Torrealba (59) es capellán de la cárcel de Rancagua y lleva 23 años trabajando en recintos penitenciarios. Su primera etapa la vivió como voluntario en la cárcel de Rengo y los siguientes 16 años los ha pasado en la cárcel de Rancagua. También es párroco de la parroquia Santísima Trinidad, en uno de los sectores más vulnerables de la ciudad, donde administra un colegio gratuito para niños. Escobar está convencido de que las cárceles son el resultado de la violencia previa que proviene de la injusticia social y que para luchar contra ella es fundamental la educación.
Por Gabriela Campillo

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¿Por qué se interesó en trabajar con personas privadas de libertad?

Antes de que fuera ordenado diácono una religiosa me invitó a trabajar a la cárcel de Rengo. Yo nunca había entrado y temblaba de miedo por los mismos prejuicios que tiene la gente hoy día. Pero al estar con los presos me di cuenta de que eran seres humanos tan normales como nosotros. Estuve en el seminario de Graneros por 7 años, terminé mi proceso y el Obispo me mandó de párroco, pero el capellán de Rancagua había jubilado y como yo tenía experiencia en cárceles me convocaron. Desde ahí que estoy en esta cárcel trabajando. Me tocó una parte de la cárcel pública donde vivían muy hacinados, era la tercera cárcel de mayor hacinamiento del país hasta ese momento. Ahí pasamos a la primera cárcel concesionada del país, que es donde estamos ahora, con más de 2 mil presos.

 

¿Cuál ha sido su experiencia trabajando como capellán en la cárcel de Rancagua?

La cárcel me ha dado mayor humanidad, por enfrentarme al ser humano en situaciones de tanto abandono, maltrato y violencia. Ellos ya vienen de una violencia previa, la violencia de la pobreza, de la marginalidad, de la droga, de la delincuencia, de los hogares disfuncionales, enseñanza básica no terminada. El 99,9% de los que están aquí son pobres y han llegado a la cárcel porque se criaron en ambientes violentos, con necesidades o sin oportunidades. Para mí ha sido un aprendizaje en tolerancia para estar con ellos, porque están los asesinos, violadores, estafadores, de todo. Pero el Señor me ha ido regalando la gracia de comprender que cada ser humano es único e irrepetible y que en cada uno hay un universo de belleza que contemplar y con la cual ponerse en contacto. Yo siempre veo lo positivo de ello, nunca les pregunto por qué están, no me interesa. Buscamos acoger al ser humano que está en una situación de vulnerabilidad.

 

¿Cuál cree que es el principal problema del sistema penitenciario en Chile?

El problema de nuestras cárceles es que están hechas para castigar. Hay cárceles europeas donde a los internos se les prepara para vivir en humanidad, aquí se les deshumaniza y una vez que terminan su condena se les exige que vivan como seres humanos. Eso es lo contradictorio. Tú no le puedes pedir a un ser humano que tuviste sometido a años de tortura, de maltrato y de marginalidad que después, cuando venga a la sociedad, vuelva como que está todo redimido en él. Si no les hacemos nada y los tenemos 20 o 30 años en la cárcel, van a salir y van a cometer el mismo error y vamos a tener más víctimas. Ya hemos tenido experiencias. No, es que sale muy caro, me dicen. Bueno, qué queremos entonces, ¿matarlos?

 

¿Considera que las personas privadas de libertad ejercen su calidad de ciudadanos desde la cárcel?

Si lo vemos en términos de participación ciudadana, de la elección de los futuros políticos y el ejercicio de sus derechos, yo creo que no van a poder hacerlo nunca, porque hoy los condenados pierden esa posibilidad. En términos de que ellos participen y tomen sus propias decisiones, también lo veo difícil, porque están en un régimen disciplinario donde obedecen no más. Habría que cambiar muchas cosas, sobre todo educar en el concepto de persona, porque en Chile pareciera que los derechos son propios de un segmento muy reducido del país y que para los demás no existen. En las cárceles lo veo difícil, pero se podría educar en el ejercicio de la participación, en la toma de decisiones, y eso podría generar un cambio.

 

¿Por qué es importante que exista un vínculo entre la comunidad y la cárcel?

Lo que pasa en nuestra sociedad es que hay una negación del mal, hay que ignorarlo y hacer creer que no existe. Y el mal está presente en todos lados. Las cárceles son un ícono de eso, la negación del mal social; los tiramos lejos de la ciudad, ya no se ven. Por lo menos yo como sacerdote, donde voy hablo del tema. Conozco muchas parroquias, me ha tocado visitar muchos lugares del país también y voy sensibilizando, cada vez que puedo hablo del tema, porque creo que es una realidad que no podemos desconocer. Para nosotros los católicos es una obra de misericordia visitar presos, es una orden evangélica, un mandato del Señor. Ahí es donde mostramos el amor a Dios, en cosas tan concretas como visitar a alguien que está recluido.