ESPECIAL ORGULLO ANCESTRAL

El descendiente Inca de Pica







Un hombre santiaguino de negocios decide cambiar todas sus comodidades para volver a la tierra de su padre en Pica. En su regreso a la región de Tarapacá, Freddy Charcas se reencontró con su pasado y la historia de sus abuelos, los Quechua. Esta es la historia de un chileno que quiere reconstruir las culturas y tradiciones de un pueblo casi extinto para así salvar de las mineras su paisaje más preciado: el oasis de Pica.





Luego de un largo juicio en 2016 me quedé con la custodia de mis dos hijos. El cariño que le tenía a Santiago había disminuido y necesitaba estar fuera de todos los recuerdos. Por eso decidí volver al pueblo de mi infancia: Pica.

Es un hermoso valle donde provienen los famosos “limones de pica” y nació cuando el imperio incaico llegó hasta la zona y los pueblos que habían en el sector adquirieron las costumbres, culturas e idioma de este gigante. Así se formó la comunidad Quechua de Pica.

Mi padre Freddy Charcas es uno de ellos. Tiene 80 años y toda su vida ha estado viviendo en las cercanías del Oasis de Pica, ubicado en la región de Tarapacá. Se sintió muy feliz al saber que volvería a vivir con él y con dos regalos más: sus nietos.

Antes de partir tuve mis dudas. No es para menos, soy administrador y siempre he trabajado en la ciudad. Regresar a un lugar que solo vive de la agricultura y el turismo es un poco extraño. Pero ya nada me ataba a la capital y quería desarrollar una idea que me daba vueltas en la cabeza: rescatar la sangre quechua que llevo dentro.

Pica en su mayoría tiene descendientes aymaras, siendo los quechuas minoritarios, pero no menos importante. Una de las cualidades de mi pueblo es su gastronomía. Bien lo sabe mi padre, que es un excelente cocinero de esta comida. Junto a él decidí crear una productora de eventos que ofreciera platos típicos piqueños, como la patasca, que consiste en un puré de un maíz más blanco y un poco más dulce mezclado con chicharrones o charqui de llama y papas deshidratadas. Hasta el momento nos ha ido súper bien y somos reconocidos en la zona.

Durante los primeros meses que volví a Pica, me di cuenta que el paisaje no era el mismo que recordaba. No había tanta vegetación como antes y el agua cada vez era más escasa. Lo único que se mantenía intacto era el oasis, lugar que está siendo amenazado por nuevos proyectos de la minera Coyahuasi.

Me dio rabia e impotencia sentir cómo, por la avaricia de unos pocos, se destruía algo tan precioso y que ha estado en la tierra mucho antes que nosotros. Tuve muchas reuniones con autoridades comunales y de Conadi, pero no hubo respuesta favorable. Ahí me di cuenta que debía hacer algo yo. Empecé a conversar con mis vecinos para crear la comunidad Quechua-Pica, para defender nuestro oasis por medio de las llamadas consultas indígenas*.

Así nació el “Consejo territorial Quechua Pica” compuesto por 20 miembros descendientes quechuas. Actualmente estamos en trámite para ser reconocida por el Estado chileno. Para financiar todos los gastos de su legalización, realizamos rifas y ventas de comidas autóctonas que cocinamos con mi padre.

Por mientras que esperamos la legalización, hemos avanzado un poco en formar la identidad de nuestro pueblo con la organización del “matchadmara”, que es la celebración del “Inti Pai” o año nuevo indígena. Cada 24 de junio, nos dirigimos a nuestro “apu” (cerro sagrado) para agradecerle a la “pachamama” (madre tierra) todas las cosechas que nos dio en el año. Ahí comemos y bailamos hasta que salen los primeros rayos del sol. Estos rituales los pudimos reconstruir gracias a los relatos hablados de los habitantes más viejos de Pica.





Si volvería a la ciudad no es algo que pueda responder hoy. Lo que sí sé, es que si el destino me hizo llegar hasta la tierra de mi padre, fue por algo importante. Quiero luchar para que nuestra naturaleza y costumbres las puedan aprender y disfrutar mis bisnietos. Estaré acá hasta que la vida me lo permita y espero que eso sea en muchos años más.



* Convenio 169 de la OIT faculta a comunidades indígenas para que sean consultadas por las autoridades de posibles cambios que se hagan en su territorio. Generalmente este convenio se ha invocado cada vez que una minera debe ocupar territorio ancestral.









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