Primera Persona · 23/07/2018
LA AGÓNICA ESPERA DE DANIEL
Este venezolano prefiere mantener reserva de su identidad. Tiene miedo. Lleva más de un año esperando la visa definitiva para poder radicarse en el país, tras presentar un contrato falso que, él dice, desconocía que era una estafa. Mientras el Departamento de Extranjería analiza su caso, él no quiere que ninguna exposición lo perjudique. Ha perdido el trabajo, plata y sus hijas no pueden desarrollarse. Publicado días después de que el Presidente Piñera anunciara cambios a su propio proyecto Ley de Migración, este es el relato de una espera que parece interminable.
Noelia Zunino

Colaboran:

-¿Quién es usted?, me preguntó el policía.

Aún recuerdo ese día y me deprimo. Minutos antes tenía mucha alegría. Faltaba poco para tener mi residencia definitiva en Chile. Había llegado hacía poco más de un año y medio. Primero solo, pero al poco tiempo pude traerme a mi mujer y mis tres hijas. Estaba en una empresa, ganando bien y les gustaba mi trabajo. No ejercía mi profesión como técnico dentista, pero ponía toda mi experiencia en construcción ya que por años mi padre tuvo una constructora en Venezuela. Todo iba bien. Sólo faltaba pasar de la visa temporaria a la definitiva para radicarnos en Chile.

Ese día fui a la calle Paseo Ahumada donde el caballero que me tramitaba los papeles tenía su oficina. Me había dicho que estaba a días de tener todo en regla.

Pero cuando llegué, lo que vi me desoló: había cinco policías. Muchos papeles que daban vuelta. Se llevaban los computadores y el tipo estaba detenido. Cuando les respondí quién y por qué estaba ahí, me contaron que este hombre era un estafador: que había hecho miles de contratos falsos y que lo habían descubierto. Uno de esos era el mío.

Yo había llegado por esta persona a través de un conocido que es médico y que le hizo el mismo trámite. Era como algo normal que él la tramitara. La verdad es que no conocía el tema de las leyes. No quiere decir de que no fuera culpable, obviamente recae sobre mí el problema. Yo soy responsable. Pero claro que no hubiera hecho algo así, menos sabiendo las consecuencias.

Unas semanas después, el 11 de noviembre de 2016 llegó la resolución: se rechazaba mi residencia definitiva. Ahí partió mi agonía. En el trabajo me decían que necesitaban renovarme el contrato, pero que si no tenía RUT no iba a poder seguir con ellos.  Empecé a averiguar qué hacer y llegué a la organización Incami (Instituto Católico Chileno de Migración) quien me ayudó a asesorarme. Ahí gestioné una “reconsideración”: es cuando tras un rechazo, se pide que lo vuelvan a evaluar presentando nuevos antecedentes. Ahí me dieron un papel, pero en el trabajo eso no les bastaba. A finales de enero del 2018 me echaron.

Teníamos una empresa con mi hermano, contratábamos chilenos, pero también tuvimos que cerrarla por mi caso. A eso se sumó lo que me ocurrió en el banco. Congelaron mi cuenta RUT por tener este problema. Ahí adentro tengo 200 mil pesos que son míos. Y hasta ahora no los he podido sacar. Cada dos meses tengo que ir a renovar esta reconsideración. Llevo casi un año y medio así.

Desesperado pedí ayuda a Incami, donde me dicen que esto es lento, pero que mi caso ha superado los tiempos. Me explican que hay una sola persona a cargo de meter las solicitudes de reconsideración. Siempre me topo con los mismos venezolanos que van a preguntar lo mismo. De tanta espera tuve que plastificar el papel. Está viejo y arrugadito, lleno de sellos. La semana ante pasada tuve que volver a Extranjería para que me timbraran el proceso de reconsideración por dos meses más. Espero no tener que volver, pero ya llevo tanto tiempo que me hago la idea de que será así. Esta semana el presidente hizo ese anuncio y no sé qué pasará en mi caso. No lo tengo tan claro, veo que las reconsideraciones las quieren resolver rápido, ojalá Dios quiera con esta nueva esperanza de los que estamos aquí en Chile.

Estar en esta situación es una pesadilla. En todo este tiempo he tenido que hacer trabajos que nunca imaginé, pero hay que arreglárselas para llevar el pan. Como ser humano me siento mal, pero no por eso me voy a caer.

Lo peor de toda mi situación es que no soy yo el único afectado. Lo que más me duele es que mis hijas sufren por esto. Mis dos hijas más chicas son dependientes de mí. Una de ellas es menor de edad. Ella es talentosa en lo musical. Es una de las pocas personas en Chile que toca el fagot, un instrumento de viento – madera. Incluso, aunque aún está en el colegio, ya le ofrecieron ir de oyente en la Universidad de Chile para que se perfeccione. Hasta se ha ganado una beca para tocar. Lamentablemente no la ha podido cobrar. Cómo es dependiente mía, tampoco tiene el RUT.

Mi otra hija estudia veterinaria. Le han permitido estudiar, pero no va a poder dar el examen de grado para titularse hasta que no tenga sus papeles al día.  Y ya está haciendo la pasantía.

Lo he pasado muy mal con ese tema, porque como padre quieres que te salga todo bien. Sentir que no pueden realizarse en un país en el que se sienten felices. Los chilenos me dicen,  ¿si tus hijas no estuvieras, seguirías aquí? Yo creo que no. Ya me hubiera ido a otro país. Tengo muchas cosas que agradecer a Chile que me abrió las puertas. Sólo quiero la oportunidad de demostrarlo.

*Este artículo fue publicado originalmente el 29 de marzo de 2018.